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Dra. Raquel Piazza – Médica pediatra

Estrés: infancia y adultez, unidas por un mismo mal

Por: Dra. Raquel Piazza Médica Pediatra

Por: Dra. Raquel Piazza

Durante la niñez, algunos chicos se enferman una o dos veces, mientras que otros pasan gran parte de esta etapa afectados por algún problema de salud. Si bien cada individuo posee una predisposición genética a desarrollar determinadas patologías, es indudable que el medio familiar y social donde los niños crecen también impacta sobre sus organismos, no solo durante la infancia, sino también en la adultez.

Todos sufrimos en algún momento de nuestras vidas ese flagelo llamado estrés, que es causa de las más diversas enfermedades y de innumerables muertes. Aunque resulte contradictorio, el estrés tiene aspectos beneficiosos durante la infancia, porque ayuda a los chicos a reaccionar frente a las adversidades que se les presentan tanto en el plano emocional como en el físico. Pero estas circunstancias son saludables siempre y cuando el niño cuente con la compañía de su familia. Por otro lado, la prolongación sostenida de situaciones traumáticas influye de manera negativa en la salud. Diversos estudios demuestran que produce una interrupción del desarrollo normal del cerebro y compromete los sistemas nervioso e inmunológico.

Tipos de estrés en la infancia

De acuerdo con los estudios realizados a nivel internacional por diferentes instituciones científicas especializadas, los chicos experimentan tres tipos de estrés. El estrés positivo se manifiesta cuando un niño enfrenta un hecho desafiante pero que tiene una repercusión saludable en su vida psíquica, ya que le enseña a superar, con la ayuda de los adultos, situaciones desconocidas. Algunos ejemplos son el cambio de colegio, la preparación para su cumpleaños o un evento importante, o la llegada de una persona desconocida. A nivel biológico, se observa que estas circunstancias aceleran el ritmo cardíaco y aumentan la liberación de algunas hormonas.

Por otra parte, se denomina estrés tolerable al que resulta de experiencias intensas y cortas, como la muerte de un ser querido, los desastres naturales, los accidentes de tránsito o la separación de los padres. En estos casos, si el niño está contenido por la familia, las consecuencias no serán devastadoras. No obstante, en ausencia de acompañamiento de los padres u otros mayores, las circunstancias tendrán un impacto negativo en diversas áreas de la infancia y la adultez.

Por último, los niños pueden experimentar estrés tóxico como resultado de la exposición prolongada (semanas, meses, años) a una situación traumática. Los ejemplos más representativos son el abuso infantil, el abandono, el maltrato y la violencia familiar.

Del estrés a la enfermedad

Entonces, ¿qué le sucede a un niño que vive una circunstancia que le resulta amenazante? Se protege del peligro. En el plano psicológico, pueden notarse cambios de carácter, como enojos, agresiones o aislamiento social. A nivel biológico, se liberan a la sangre diversas sustancias que preparan al cuerpo para la defensa. Cuando el estrés es duradero, provoca un incremento de la concentración de la hormona cortisol que lleva a un deterioro de la función del sistema inmunológico y a un aumento de la vulnerabilidad para adquirir afecciones crónicas. En definitiva, aparece la enfermedad.

Infancia y adultez parecen muy distantes, sin embargo, los hechos estresantes crónicos ocurridos en la primera fase de la vida se manifestarán tanto en la adolescencia como en la madurez. Así lo demuestra, por ejemplo, el estudio The Adverse Childhood Experiences (ACE), realizado por los Centros para el Control y la prevención de Enfermedades de EEUU y la Kaiser Permanente’s Health Appraisal Clinic de San Diego. Esta investigación involucró a 17.000 adultos, que respondieron una encuesta pormenorizada sobre factores de riesgo de estrés crónico.

De esta manera, los científicos pudieron identificar que los principales desencadenantes son el abuso emocional, psíquico y sexual; el abandono emocional y psíquico; y la disfunción familiar. Esta última incluye la presencia de un miembro con desordenes psiquiátricos, el abuso de sustancias psicoactivas dentro del grupo, el divorcio de los padres y la violencia.

Los efectos de estos factores estresantes durante la infancia se tradujeron en una amplia variedad de problemas de salud física y de conducta durante la vida adulta. Los investigadores demostraron que los más comunes son el alcoholismo, la enfermedad coronaria, la drogadicción, la depresión, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), el intento de suicidio y las enfermedades de trasmisión sexual.

Por otra parte, la aparición de trastornos emocionales en la adolescencia como resultado del estrés crónico puede manifestarse a través del consumo temprano de cigarrillos, de la ocurrencia de embarazos prematuros, del intento de suicidio y del abuso drogas ilícitas. El estudio ACE también reveló que aquellos niños expuestos a cualquier forma de abuso y abandono, o a situaciones de violencia intrafamiliar tienen una elevada probabilidad de intento de suicidio y de conductas violentas durante la adultez.

La identificación temprana de los factores desencadenantes de estrés infantil y la rápida resolución de los mismos resultan entonces fundamentales para evitar que el problema se vuelva crónico y afecte también la etapa adulta. Esto requiere una observación minuciosa del comportamiento del niño, que deberán realizar de forma conjunta de los padres, la familia, los docentes, los pediatras y las instituciones, para lograr un resultado satisfactorio.

El pilar del tratamiento se basa en la identificación y vigilancia de los factores de estrés que afectan al niño, con el objetivo de hacer conscientes los cambios corporales y de conducta que padece. Es aconsejable, además, que al menos uno de los padres se involucre con el menor en la terapia, a fin de hacer modificaciones favorables dentro del seno familiar.

De manera complementaria, es clave promover la difusión de esta problemática social en los medios masivos de comunicación y la realización de campañas públicas de concientización. Esto no solo ayudará a mejorar la calidad de vida de las víctimas, sino que también fomentará un mayor conocimiento acerca de este mal moderno.

La autora es médica pediatra del Sanatorio Mitre y de Stamboulian Servicios de Salud.