Enfermedades de transmisión sexual: prevenirlas no admite descuidos

Al hablar del uso del preservativo, se suele pensar en el Sida. Pero también otras infecciones como la sífilis, la gonorrea, el herpes genital y la clamidia pueden dejar secuelas graves. Además de tomar recaudos, son recomendables los chequeos periódicos.

Ideas de amor, espontaneidad o placer suelen opacar una realidad siempre presente en las relaciones de parejas: las enfermedades de transmisión sexual (ETS). Si bien las medidas de prevención parecen aportar una cuota de racionalismo y frialdad a una situación que busca exactamente lo contrario, es el propio cuerpo el que está expuesto a un riesgo que puede implicar la obstaculización de todo goce y, en algunos casos, el fin de la vida.

 

Al hablar de prevención, se suele pensar en el sida, la ETS más grave de la actualidad, que aún no tiene cura y que, además de la mayor vulnerabilidad física que genera, trae aparejadas complejas cuestiones psicológicas y sociales relacionadas con el estigma.

 

Además del VIH, hay otros virus o bacterias que pueden contagiar enfermedades a través del contacto sexual. Algunas de ellas, también de gravedad, pueden provocar esterilidad, defectos congénitos o aumentar el riesgo de desarrollar algunos tipos de cáncer. La clamidia, el herpes genital, la sífilis y la gonorrea son ejemplos de infecciones que tienen tratamiento, pero para ello es necesario detectarlas.

 

Una característica de algunas de estas infecciones es, precisamente, que pueden no presentar síntomas, especialmente en las mujeres. Así, una persona que tiene el virus o la bacteria en cuestión en su organismo puede transmitir la enfermedad a su pareja sexual si no adopta las medidas preventivas adecuadas. A su vez, esta pareja puede guiarse por una supuesta apariencia de estado saludable de la otra persona y creer que no es necesario protegerse.

 

Cuando los compañeros muestra signos visibles de una enfermedad de transmisión sexual, como llagas, sarpullido o secreción del área genital, no hay que tener relaciones. Esto no significa que una persona que no tenga síntomas esté sana, porque varias enfermedades son asintomáticas, pero cuando se observan manifestaciones, no hay lugar para la duda. Además de la prevención en cualquier caso, la aparición de signos característicos debe ser un llamado de alerta.

 

Como pauta precautoria, se puede decir que el contacto sexual con una misma pareja (monogamia) que no está infectada es la forma más segura de evitar el contagio. En los tiempos actuales, caracterizados por una mayor libertad sexual y volatilidad en las relaciones, esta situación es poco frecuente, con lo cual es necesario reforzar las medidas de protección.

 

El preservativo de látex es el único método que permite prevenir, en la mayoría de los casos, el contagio de las enfermedades de transmisión sexual, ya sea en el caso de las relaciones vaginales, anales u orales. Si bien no es 100% efectivo, es el arma más eficaz en la actualidad cuando se usa adecuadamente. Esto implica su empleo en forma permanente durante todo el acto. Debe ser colocado de manera tal que se cubra todo el pene y usar uno nuevo en cada nuevo encuentro o cuando muestre signos de haberse roto o esté quebradizo.

 

En caso de usar lubricantes, éstos deben ser a base de agua. No es recomendable usar los oleosos, ya que podrían debilitar las propiedades que tiene el látex para impedir el traspaso de virus o bacterias, además de hacerlo más proclive a que se rompa. Por otra parte, no es recomendable llevar preservativos en la billetera, dado que el calor corporal y la luz solar los hace más propensos a romperse.

 

La realización de chequeos periódicos es otra herramienta que, aunque no prevendrá el contagio, permitirá comenzar un tratamiento si se detecta una infección y así proteger a la pareja. Constituye, sin duda, un resguardo para uno mismo y una actitud responsable hacia la otra persona.

 

Que las enfermedades de transmisión sexual no estén entre los principales temas de la agenda mediática de todos los días no significa que no existan o que sean menos graves que antes. Tomar conciencia del riesgo y actuar en consecuencia no suponen un actuar poco espontáneo, sino una forma de cuidar el propio cuerpo, la propia vida.

 

 

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