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Afirman que la tendencia a la depresión es mayor en los hogares unipersonales

La tendencia a la depresión en los hogares unipersonales es mayor que donde la convivencia es compartida, en un fenómeno que se da en todo el mundo, especialmente en los países centrales y que ya es marcado en los grandes centros urbanos de Argentina.

Según estudios de la Asociación Gestáltica de Buenos Aires (AGBA), se trata de adultos jóvenes, en muchos casos profesionales con ingresos sólidos, que viven solos, y tienen dificultades para construir relaciones. Los especialistas del Servicio de Asistencia a la Comunidad (SAC) de la asociación  advirtieron que si este cuadro se cronifica, puede terminar en depresión.
 
Con miles pacientes atendidos a lo largo de 23 años de trayectoria, el Servicio de Asistencia a la Comunidad de la AGBA es un pequeño observatorio de las preocupaciones, angustias y dolencias de los porteños de un amplio espectro social.

Según la profesional Claudia Pires,  soledad y depresión, aunque no necesariamente son sinónimos, configuran juntas un cuadro cada vez más frecuente. La especialista remarcó que «siempre existen, algunas veces más solapados, otras más evidentes, modelos sociales del éxito, de lo que deberíamos ser, parecer o desear para ser felices», y agregó que «el problema es cuando estas creencias guían nuestra existencia y obturan una búsqueda personal profunda».

«Nosotros detectamos que muchos adultos jóvenes eligen la soledad, no como experiencia de vida, no como tránsito hacia el encuentro con otro o camino de crecimiento, sino alentados por discursos del egoísmo y el consumo alentados por estrategias de marketing. La consecuencia, en muchos casos, es el vacío y la insatisfacción. Como si la felicidad fuera Ricardo Fort», ironizó Pires.

Al cabo de cierto tiempo de vivir solos, estos individuos padecen una fuerte contradicción o quiebre, entre lo que deberían sentir de acuerdo a los discursos sociales dominantes vinculados al marketing, el consumo y los medios de comunicación, y su experiencia real, más cercana al aislamiento, el vacío y la frustración.

Ocurre que los gurúes del marketing han detectado en ellos a una categoría por demás interesante; sus ingresos están por encima de la media y no tienen hijos a cargo. La búsqueda del goce, si se cede a la influencia de estos discursos, se circunscribe al consumo, generando una espiral que, si no se detecta a tiempo, termina en depresión.

Este fenómeno es apenas uno de los modos en que las relaciones interpersonales se deterioran actualmente, aunque también se sienten solos quienes viven en familia. Pires destacó que «padres e hijos o marido y mujer se frustran ante la dificultad de encontrarse», ya que «a las obligaciones cotidianas se suma la hiperestimulación que generan las tecnologías de información y dispositivos en red».

 
«Celulares, computadoras y demás aparatos nos brindan información ilimitada e instantánea, pero esto no alimenta más que la ilusión vana de un encuentro con otro, restándonos tiempo y energía para los encuentros reales con los seres cercanos, a los que sí podríamos acceder. La dificultad para dialogar en la familia ha existido siempre, pero en los últimos años se ha vuelto endémica», afirmó Teresa Cleris, quien coordinó recientemente una charla sobre el tema, al que acudieron familias enteras.

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