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Alberto Roseto, el médico argentino que integra el “CONICET francés”

Dr. Alberto Roseto y su equipo del laboratorio P.A.R.I.S

Su verdadera historia científica comienza en el Policlínico Posadas, ubicado en El Palomar, provincia de Buenos Aires, donde se inició como médico pediatra, realizando su residencia, en 1972. “En el servicio de Pediatría –que había creado y dirigía el Dr. Horacio Toccalino, y que luego incorporaría al Dr. Daniel Stamboulian como jefe de la sección de Infectología– comencé mis primeras investigaciones clínicas”, recuerda el argentino Alberto Roseto, director científico del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), que él mismo define como “el CONICET francés”.

 

P: ¿Qué se proponía en aquel tiempo?

 

Alberto Roseto: Quería hallar una etiología (origen) de las gastroenteritis infantiles (GI), que hasta entonces sólo en un 30% eran explicables por su origen bacteriano. Por entonces, yo pensaba que los virus conocidos o a descubrir podrían explicar las GI que siempre quedaban con diagnóstico de origen incierto.

 

P: ¿Había tecnología suficiente como para embarcarse en el intento?

 

AR: En aquel tiempo sólo el microscopio electrónico podía señalar la presencia y la morfología de un virus. Las técnicas clásicas llamadas cultivos celulares y serológicas, no nos permitían avanzar en el tema. Pese a la opinión pesimista de mis pares, pero con el apoyo incondicional del Dr. Daniel Stamboulian, logré estudiar las materias fecales de niños enfermos de GI, en colaboración con el equipo del Dr. Barrera Oro y el Dr. Lombardi, del Instituto Malbrán. Allí, en 1975, descubrimos el rotavirus, por primera vez en América Latina (casi en simultáneo con los equipos de Kapikian, en Estados Unidos, y Boyd, en Australia). Nuestro descubrimiento y trabajo realizado fue publicado en The Lancet, una de las revistas médicas más destacadas del mundo.

 

P: ¿Cambió su vida a partir de este descubrimiento?

 

AR: El hallazgo originó una invitación del servicio de Virología del Instituto Pasteur y allí me fui en agosto de 1976. Tuve la suerte de trabajar en ese servicio, donde estaban destacados profesionales como los doctores Gerard Orth y Luc Montagnier. Entre 1977 y 1979 realicé una serie de publicaciones que describían la presencia de rotavirus humanos en el recién nacido por primera vez en Francia, la existencia de rotavirus en los perros y, por último, el descubrimiento de la ultra estructura de este virus.

 

P: ¿Cómo fue su relación con el Premio Nobel argentino César Milstein?

 

AR: En 1978 tuve la gran suerte de conocerlo. Viajé a Cambridge, donde me formé con él en las técnicas que le valieron el premio Nobel, en 1975. De vuelta de Inglaterra e incorporado al servicio de investigación en el Hospital Saint Louis, de los profesores Peries y Boiron, discípulos de Jean Bernard, me dediqué a estudiar los retrovirus en las leucemias humanas (hasta entonces, ningún retrovirus se conocía en el ser humano; el primero, el HTLV 1, lo descubrió Robert Gallo, en 1980). En ese laboratorio, con las técnicas llamadas “hibridomas” que permitieron al Dr. Milstein producir los “anticuerpos monoclonales”, por los que se ganó el Premio Nobel, y todas las técnicas de virología entonces disponibles logré desarrollar anticuerpos monoclonales contra muchos virus de la Infectología clásica.

 

P: ¿Cómo llegó al “CONICET francés”?

 

AR: Por mis trabajos y publicaciones. Entré en la carrera de investigador institucional de Francia, en el CNRS. Allí, muchos científicos de Francia, Europa en general y América Latina venían a nuestro servicio para aprender estas nuevas técnicas, antes mencionadas, muy útiles para el diagnóstico de muchas enfermedades.

 

P: ¿Nunca pensó en volver a la Argentina?

 

AR: Siempre trabajé y trabajo con el deseo de replicar en Argentina lo que hago en Francia. Cuando gané la medalla de bronce del CNRS en 1984 por todos mis trabajos científicos pensé en retornar al país. El Dr. Stamboulian, a través de una beca de su fundación, me permitió volver por un año. Durante ese período y, a través de un concurso con un jurado internacional, fui nombrado profesor titular de la Cátedra de Microbiología de la Facultad de Medicina de la UBA, en 1985. Luego de mucho pensar y dudar, decidí volver a Francia para seguir investigando al nivel que lo hacía. Ello me produjo un gran sufrimiento, pero pienso que siempre tendré una nueva oportunidad para volver al país.

 

P: Como muchos otros científicos, lejos de casa…

 

AR: Así es, extrañando, y trabajando mucho. La Biotecnología fue mi campo de acción de preferencia. Y, volviendo a Milstein, fueron sus trabajos los que desencadenaron lo que se llamó luego “la revolución biotecnológica”. En efecto, no hubo campo de la biología donde la aplicación de los anticuerpos monoclonales no diera una respuesta científica básica. La automatización del secuenciado de los genomas, tanto de organismos multicelulares como la de todos lo virus, con la cascada de tecnologías que derivaron siguen haciendo ese proceso de transformación y acumulación de conocimientos algo sin igual en la historia de la humanidad.

 

P: ¿Le gusta enseñar?

 

AR: Investigar y enseñar siempre fueron mis deseos, así que acepté ser docente y científico en la Universidad Tecnológica de Compiegne, donde fui el creador de la División de Inmunocitología Aplicada (DICA).

 

P: ¿Qué hizo en el DICA?

 

AR: Luego de la investigación de los virus en el cáncer, estudiamos otras causas (moléculas y/o antígenos) no virales, muy importantes en el cáncer de mama, de colon y leucemias. Todas estas investigaciones se basaron en la aplicación del concepto de los “anticuerpos monoclonales”. Inicialmente, estos anticuerpos fueron fundamentales para el diagnóstico y, actualmente, resultan muy atractivos como drogas terapéuticas para destruir las células tumorales.

 

P: ¿Cómo ve la medicina hoy?

AR: Con la aplicación del lenguaje y técnicas moleculares en medicina, estamos en una nueva era de la llamada “Medicina Molecular”. En 1996 nosotros empezamos a introducir este concepto, en la pediatría argentina, a través de una sección sobre el tema en la revista “Archivos Argentinos de Pediatría”. Creo que fue una actitud pionera en el mundo, incorporar el tema de la Medicina Molecular en una revista utilizada en la práctica diaria.

 

P: ¿Cómo se aplican sus investigaciones en la realidad cotidiana de un laboratorio?

 

AR: Varios de los productos que hemos realizado se utilizan desde hace años en el diagnóstico de enfermerdades virales, citomegalovirus, rotavirus, coronavirus, etc. Otros son utilizados en procesos industriales sobre purificación de ciertas moléculas y en ensayos animales y/o clínicos para el tratamiento del cáncer.

 

P: A veces, la ciencia básica parece demasiado alejada de la gente. ¿Qué reflexión puede hacer sobre este tema?


AR: La ciencia es un motor importante e inigualable para el avance de una sociedad. En relación a ella, la investigación básica debe estar en contacto permanente con la actividad práctica. En general, lo que observamos, es que los descubrimientos básicos tarde o temprano siempre repercuten en la llamada “ciencia global”. La medicina no escapa de ello. Por eso, un buen médico es el que conoce y analiza los conocimientos básicos y los aplica en su trabajo diario o habitual.

Fe de erratas: El título original de la nota decía «Alberto Roseto, el médico argentino que dirige el CONICET francés». En realidad, el profesional es director de investigaciones del CNRS, una de las áreas del instituto.

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