Docsalud – Lo que necesita saber sobre salud

La historia del virus que permitió tratar la enfermedad

A principios de 1980, hospitales de diferentes partes del mundo comenzaron a recibir pacientes portadores de una rara enfermedad nueva. En su mayoría se trataba de hombres homosexuales con una serie de infecciones que evidenciaban una inmunodeficiencia de base. Con el tiempo y la revisión de casos se la denominó síndrome de inmunodeficiencia adquirida, pero aún no se sabía cuál era su origen. Recién en mayo de 1983 se pudo aislar al agente etiológico de esta patología que permitió desarrollar los primeros test de laboratorio para diagnosticarla y las primeras drogas para tratarla.

El paciente del Muñíz

Sobre finales de 1982 o principios de 1983, un joven de 30 años fue internado en el Hospital Muñiz con fiebre alta y una imagen radiológica pulmonar parecida a la de una tuberculosis avanzada. El equipo médico confirmó vía interrogatorio que había estado internado en Durand seis meses antes, donde se le diagnosticó una tuberculosis ganglionar y le habían extirpado uno de estos ganglios agrandados. A partir de ahí, se reinició el tratamiento pero el paciente no mejoraba. La fiebre no bajaba y el malestar persistía. Luego de una serie de estudios, los especialistas encontraron la presencia de un hongo llamado Histoplasma en una biopsia ganglionar, que también fue hallado en su sistema nervioso central. “Lo que nos puso en altera fue que esa forma clínica de histoplasmosis era excepcionalmente rara y solamente se veía en chiquitos muy desnutridos, de muy mala condición. No entendíamos bien por qué ese muchacho, aparentemente sano, tenía semejante cuadro clínico que demostraba que había una inmunodeficiencia”, explicó a Docsalud.com el Dr. Jorge Benetucci, médico infectólogo, asesor científico de Helios Salud, que por entonces integraba el equipo del Hospital Muñíz.

Hasta ese momento, el único estudio de laboratorio que podía llegar a determinar la causa del cuadro clínico de estos pacientes era el recuento de células CD4 y CD8 (todavía vigente). “En una persona sana, por cada CD8 debería haber dos CD4. En estos pacientes con HIV, la destrucción celular suele modificar e invertir esta relación”, explicó.

“A Partir de este caso, nos pusimos con especialistas de la Academia Nacional de Medicina. Cuando me entrevisté con la Dra. María Marta Bracco, ella confirmó haber recibido en el Fernández dos o tres pacientes con características clínicas similares. Entonces, decidimos hacer un ateneo médico en la Asociación Médica Argentina para compartir las experiencias de ambos equipos y aprender un poco más de esta nueva enfermedad que la incipiente bibliografía médica denominaba sida”, agregó Benetucci.

Literatura médica

Las primeras publicaciones donde se reportaron casos de sida fueron de mediados de 1981 a través de dos notificaciones a los Centros de Control de las Enfermedades de EEUU (CDC). La primera, del Dr. Michael Gottlieb, daba a conocer los casos de 5 pacientes hombres homosexuales que presentaban infección por citomegalovirus, neumonía por Pneumocystis, candidiasis de las mucosas y el sarcoma de Kaposi. Todas estas afecciones evidenciaban un cuadro de inmunosupresión. Apenas un mes más tarde, el CDC, publicó en su boletín semanal MMWR otra notificación de casos realizada por el Dr. Henry Masur de Nueva York. En esta nueva actualización, el especialista refierió una veintena de internos que presentaban tumores en la piel y un cuadro de inmunosupresión. Todavía no se conocía el virus pero, rápidamente, comenzaron a multiplicarse los partes de distintos lugares del planeta como Francia, Brasil, Argentina y algunos lugares de África. “Se trataba de pequeñas casuísticas que ayudaron a revelar cuáles eran los rasgos principales de la enfermedad”, indicó Benetucci.

La historia del descubrimiento

Hace ya unos 30 años, en 1983, luego de un arduo trabajo de investigación, el equipo de trabajo del Instituto Pasteur liderado por el Dr. Luc Montagnier y la Dra. Françoise Barré-Sinoussi consiguió aislar un retorvirus hasta entonces desconocido. Los resultados fueron enviados a EEUU al laboratorio del Dr. Robert Gallo, que había descripto los primeros dos retrovirus de esa familia (HTLV1 y HTLV2), para reconfirmar sus hallazgos. Luego de certificar la existencia de este nuevo agente infeccioso, los investigadores franceses, deciden llamarlo LAV (virus lifadenopático por sus siglas en inglés). Tiempo más tarde, Gallo, realizó un aislamiento de un patógeno de características muy similares al que denominó HTLV3. “Este hecho generó una gran tensión entre ambos grupos de científicos hasta que, luego de secuenciar ambas muestras, se comprobó que eran análogas en un 99% y, por lo tanto, se trataba del mismo virus”, señaló Benetucci.

La identidad del patógeno

Durante un breve período, a este agente infeccioso se lo conoció con ambos nombres hasta que, a fines de ese mismo año, el Dr. Jay Levy en California realiza un tercer aislamiento y lo denomina ARV (virus relacionado al sida por sus siglas en inglés). Fue en 1986, cuando el Subcomité de Taxonomía de Virus unificó la nomenclatura. “Como no se trataba de un virus productor de tumores, no se lo podía ubicar dentro de la familia de los HTLV. Por tratarse de un agente viral lento que producía inmunodeficiencia que afectaba a los humanos, se decidió llamarlo HIV, tal como hoy se lo conoce y se lo clasificó dentro de la familia de los lentivirus”, aclaró el especialista de Helios Salud.

La prueba en sangre

Las primeras formas de determinar el sida en los pacientes era a partir del diagnóstico de las diversas complicaciones clínicas y de aquella relación inversa entre las células CD4 yCD8.

Entre las primeras estrategias de control de la infección por HIV estaba la de la prevención del contagio. Ya se sospechaba cuál podría ser el origen porque los primeros enfermos, generalmente, eran varones homosexuales o bisexuales, lo que daba la pauta de una transmisión sexual. También se vió que podía haber una infección por sangre al ver que muchas personas luego de ser transfundidas o por el consumo de drogas endovenosas adquirían la enfermedad. Además se habían reportado casos de bebés nacidos de madres enfermas que desarrollaban en síndrome y morían a los pocos meses. “Estas formas de contagio, por sus características similares a las de la Hepatitis B, permitieron sospechar que se trataba de una infección de tipo viral”, explicó el Dr. Benetucci. Por aquel entonces, un especialista del CDC llamado Donald Francis, advirtió que casi el 90% de las personas que enfermaban y morían de sida, tenían serología positiva para Hepatitis B. A través de este razonamiento, recomendó realizar testear las donaciones en los bancos de sangre para reducir el contagio por transfusión ya que también podrían tener HIV.

Casi un año después de que el virus fuera aislado, fue posible la aparición de la primera reacción de reactivos para buscar anticuerpos contra este patógeno. A partir de 1985, aparece la prueba en sangre (ELISA) que se empezó a usar para hacer el diagnóstico de la infección y para seleccionar a los donantes de sangre en los bancos. “Acá en Argentina, esta prueba comenzó a utilizarse en 1986”, aseveró el Dr. Benetucci.

Seguimiento y tratamiento

Al principio no había mucho por hacer para tratar al paciente más que esperar a que se enferme y tratar las complicaciones. “Además, en esa época, Argentina acababa de pasar por las dictaduras y un proceso de desindustrialización y, algunos laboratorios que fabricaban las drogas para tratar estas infecciones habían abandonado el país. La mayoría de estos medicamentos había que conseguirlos viajando a países limítrofes como Brasil o Uruguay”, recordó el especialista. Esto significaba que solo aquellas personas con cierto poder adquisitivo eran capaces de sobre llevar la enfermedad. Sin embargo, “durante ese período, tanto los pacientes como los médicos contamos con un gran apoyo de los pilotos y el personal de Aerolíneas Argentinas que ayudaban a conseguir la medicación”, agregó.

En sus primeros años, la creciente pandemia de sida se mantuvo  como una curiosidad médica restringida a la especialidad, silente para la opinión pública. A partir de la muerte del actor estadounidense Rock Hudson, adquirió cada vez más notoriedad en los medios y se instaló el tema en la comunidad. “Al principio, se comunicaba un panorama tétrico en el que los pacientes morían uno detrás de otro y esto provocaba pánico en el público. Esto generó además, un rechazo grande en parte vinculado a la marginalidad que tenían por esos días los pacientes”, recordó Benetucci.

En 1987, comienza a equilibrarse la balanza en el tratamiento de los pacientes con sida. Ese año, la FDA aprobó la primera droga antirretroviral que fue la Zidovudina, mejor conocida como AZT. Un año más tarde, esta medicación llegó a Latinoamérica. “Por ese entonces, los pacientes argentinos debían conseguir estos fármacos vía Paraguay y pagar la suma de 400 dólares por cada frasco que tenía una duración de 12 días”, comentó el especialista.

En los siguientes nueve años, la ciencia siguió avanzando. En 1994, apareció una droga llamada ACTg076, un AZT que permitió reducir la transmisión de madre a hijo de un 30 a un 8%. A partir de 1996 aparece hasta la actualidad, se inicia la era de la terapia antirretroviral de gran actividad (HAART por sus siglas en inglés). Se trata de una combinación de drogas que mejoran la sobrevida y la calidad de vida de los pacientes. A partir de aquí, se logra disminuir la transmisión vertical y al conocer mejor la toxicidad de los fármacos se desarrollan estrategias para prevenirlas. Para el año 2000, surgen nuevas drogas aprobadas para tratar el fallo de tratamiento que son mejor toleradas por el paciente. Además se optimizó el abordaje terapéutico de la hepatitis B y C en las personas con HIV. Gracias a estas dos últimas novedades combinadas, en 2006, la transmisión de madre a hijo cayó a menos del 2%.

En Argentina, el de paradigma llegó con la denominada “Ley de sida” N° 23798. Desde su entrada en vigencia, los bancos deben testear la sangre donada y el Estado está obligado a proveer tratamientos y métodos de diagnóstico para el control de la enfermedad. Estos y otros derechos garantizados por ley, las nuevas drogas y el conocimiento aumentado de la patología permitieron dejar de hablar del sida como una condena a muerte para referirse a una patología crónica con una mejor calidad de vida.

Salir de la versión móvil