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Límites para los hijos: ¿a partir de cuándo?

Si bien se consideran una parte importante de la crianza, para su eficiencia los límites no tienen que ser arbitrarios. Es importante que se vislumbren como un mensaje de cariño.



Habitualmente se habla de la puesta de límites como un elemento clave para la crianza y la educación en la infancia. Poner límites está “bien” y muchas veces madres y padres se preocupan al pensar que están fallando en ese aspecto. Ahora bien, ¿a partir de qué edad empezamos a poner límites y para qué?

En principio, el límite tiene una función esencial en el desarrollo y en la crianza de los niños porque funciona como contención frente a todas sus emociones, pensamientos, ideas y fantasías. En los primeros años de vida, el niño está procesando activamente mucha información que recibe del mundo exterior y de su mundo interno. Frente a ese cúmulo de información, el límite que introduce el adulto ante el capricho, el berrinche o la mala conducta le sirve para ordenar ese exceso.

El límite no se trata de un simple reto en el cual se sanciona o se castiga a un niño por algo que hizo, sino que por el contrario el límite tiene que ser una condición de posibilidad de otra cosa. No se trata de que el niño acepte el límite de buen gusto, se trata de que en la construcción del límite el niño comprenda que hay cosas que no puede hacer pero que habrá muchas otras que sí. Por este motivo, para su eficacia, el límite no tiene que ser arbitrario y no puede ser nunca un capricho del adulto sino que debe tener un sentido y un horizonte para el niño, ya que el límite ejercido sin ninguna explicación o fundamento le resulta totalmente incomprensible.

¿Por qué nos cuesta tanto poner límites? En la puesta de límites, habitualmente aparece la culpa por parte de los padres y la sensación de estar transmitiendo al niño la falta de amor. Sin embargo, el mensaje subyacente en el límite es exactamente el inverso: porque te quiero, te pongo límites. Aproximadamente a partir de los dos años de vida y durante toda la infancia (y también en la adolescencia) los adultos tienen la sensación de estar ejerciendo la crianza y la educación a través de la puesta de límites constante. Y si bien muchas veces resulta agotador y frustrante, es a través de esa función que se transmite a los hijos la seguridad y la confianza de que hay otro allí que no los dejará caer.

La puesta de límites enunciados en palabras empieza alrededor de los dos años de vida, instancia del desarrollo en la cual los niños adquieren la capacidad de comprender el mensaje y a ejecutar las acciones que se le están solicitando. No obstante, la función de contención que se transmite en el límite es ejercida desde el momento en que el niño nace, en tanto que en la llegada al mundo el bebé recibe un orden constante a todas sus pulsiones que se encuentran absolutamente desordenadas. Así es como desde los primeros meses de vida la introducción de los hábitos de sueño y de alimentación que constituyen los primeros límites para el bebé que en el proceso de desarrollo de constitución subjetiva irá construyendo sus deseos y sus necesidades.

En el proceso de aprendizaje, el bebé irá incorporando que no siempre puede obtener todo lo que desea en el momento en que lo desea y que los adultos responsables de sus cuidados introducen un límite en tanto y en cuánto están a su disposición pero no siempre pueden atender y comprender totalmente aquello que el bebé solicita. En ese cortocircuito que supone la comunicación entre el recién nacido y el adulto, se va fundando un límite a ese desenfreno pulsional que espera ser satisfecho y el bebé va construyendo la realidad y los diferentes objetos del mundo.

*Florencia Casabella es psicoanalista, emprendedora, socia fundadora y directora de Désir Salud. 

 

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