¿Por qué el estrés crónico engorda?

Por Celina Abud.- Está demostrado que las presiones diarias llevan a comer más y peor. La ingesta excesiva de alimentos poco saludables puede llevar a enfermedades. Tratar a un paciente en tiempos modernos es todo un desafío para los médicos.

Existen quienes dicen que los nervios hacen adelgazar, pero también están los que aseguran que hecho de estar alterado engorda. Según la ciencia, ambas respuestas son correctas, aunque todo depende del tipo de estrés que se tenga.

El llamado “estrés agudo” es el que es provocado por un hecho abrupto acotado en el tiempo (como por ejemplo una desgracia familiar) y al presentarse genera pérdida de apetito. Mientras que el “crónico” es aquel que se produce en forma constante gracias a las presiones de la vida diaria. Según la Asociación Americana de Psicología, “desgasta a las personas día tras día, año tras año” y “destruye al cuerpo, la mente y la vida”

A este estado pueden producirlo la mala situación económica, las familias disfuncionales, un matrimonio infeliz o un empleo que se detesta. De acuerdo con la entidad norteamericana surge “cuando la persona no ve salida a una situación deprimente” y por lo tanto “abandona la búsqueda de soluciones”.

Cuando la satisfacción no se halla una posible mejora, se buscan recompensas inmediatas a través de la comida, lo que aumenta el riesgo de sobrepeso y obesidad. Esto incrementa las chances de sufrir síndrome metabólico, un cuadro que abarca un conjunto de enfermedades que van desde la diabetes hasta la hipertensión arterial y la hipercolesterolemia.

Según explicó la doctora Rosa Labanca, médica nutricionista y directora del Centro de Docencia, Asistencia e Investigación de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios (SAOTA), explicó que en tiempos de estrés “se come con  más frecuencia y se aumenta la ingesta de alimentos palatables, es decir aquellos que son agradables al paladar y altamente adictivos”. 

Esto ocurre porque con el nerviosismo crónico “se altera el eje hipotalámico, pituitario y adrenal (HPA), lo que hace que se liberen grandes cantidades de cortisol, la hormona del estrés” y se produzcan estos “cambios en el comportamiento alimentario”.

En concreto, con el estrés crónico, baja la dopamina, un neurotransmisor asociado al placer y para subirla transitoriamente “se eligen alimentos engordantes como galletitas y chocolates y se repite la ingesta ni bien el nivel de dopamina baja”, explicó la experta.

De hecho, Labanca relató que está demostrado que estos comestibles ricos en carbohidratos, grasas y azúcares “causan el mismo efecto en el cerebro que la cocaína, la nicotina, el alcohol y la actividad sexual”.

Entre los estudios que vinculan al estrés con una ingesta mayor de calorías se encuentra una investigación de Lisa Groesz, publicada en la revista Appetite que el 43% de los encuestados empleaba a la comida como una ayuda para bajar los nervios y que las mujeres son más susceptibles a elegir productos dulces y grasosos. A su vez, la investigación indicó que las personas más reactivas al cortisol elevado reportaron una mayor ingesta de snacks.

¿Pero por qué el estrés crónico lleva a comer más? Porque el cortisol inhibe la actividad de la leptina, una proteína que informa al hipotálamo que ya se poseen suficientes reservas y que se debe regular el apetito.

Basados en la premisa de que el cuerpo es una maquinaria perfecta y sus partes están estrechamente relacionadas, los médicos opinan que la obesidad asociada al estrés debe ser tratada en forma mutidisciplinaria. Es decir, un paciente que sufre de nervios no sólo debería visitar a un nutricionista, sino también adoptar “técnicas cognitivo-conductuales para manejar la ansiedad, como relajación y actividad física, aunque en ocasiones también se necesita ayuda del psicólogo o el psiquiatra”, indicó Labanca.

Estos apoyos se necesitan “para que la persona incorpore pautas de vida saludables, y dado que el disconfort emocional lleva a comer en forma inadecuada, se apunta a promover una actitud positiva ante los desafíos cotidianos, como por ejemplo no decir ‘estoy a dieta’ sino ‘elijo esto para sentirme bien’”, agregó la nutricionista.

La clave es llegar a tiempo y evitar la aparición del síndrome metabólico, estrechamente asociado a la grasa abdominal, que es la más peligrosa porque la grasa acumulada en la panza, también llamada “obesidad androide” aumenta el riesgo cardiovascular. Para prevenir este acaparamiento, el nutricionista puede complementar los planes alimentarios vigilados con alternativas farmacológicas orientadas a eliminar los lípidos, o bien suplementos dietarios que reducen la cantidad de grasas en personas físicamente activas.

Es que hoy, más que nunca, mantenerse en forma es todo un desafío. De hecho, una investigación publicada en la revista Phisiology and Behavior señaló que el estilo de vida moderno se equipara a un “ambiente obesogénico”, ya que incluye la falta de sueño, alta exigencia, empleos sedentarios a causa de la tecnología y alta oferta de alimentos palatables. A su vez, agregó que pasar varias horas frente a la computadora y mirar televisión inducen a consumir alimentos sin que exista hambre.

Ante este contexto, se producen grandes desafíos tanto para el médico como el paciente, ya que el primero deberá elegir las herramientas precisas para que la persona pueda aprender hábitos saludables más allá de la carrera de obstáculos que se presentan y quien desea bajar de peso tiene que aprender a tener paciencia para elegir los alimentos y no comer lo que se tenga a mano, para realizar caminatas y para también dormir 8 horas diarias, ya que el sueño se relaciona con el equilibrio hormonal.

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