Donar sangre también es dar vida

Son pocos lo que lo hacen de manera voluntaria, dos veces al año, para quien la necesite. Pero la conducta garantiza seguridad y una mejora global de la salud.

Cuando se habla de donación, acto puramente altruista y voluntario, la primera denotación es la donación de órganos post mórtem. Con frecuencia, casos críticos de pacientes que esperan la llegada de ese órgano compatible, ocupa un lugar en la agenda de los medios de comunicación. Pero existe otra parte vital y mucho más urgente que recibe menos atención tanto de los medios como de la comunidad: la donación voluntaria de sangre.

 

Es probable que una comparación superficial y no muy meditada entre la sangre y un órgano del cuerpo lleve a pensar que este último tiene mayor importancia cuando está en juego la vida. Quizás sea la diferente frecuencia con que se producen uno y otro caso o la relativa facilidad de conseguir sangre ante una urgencia lo que da lugar a esta distinta apreciación.

 

Pero lo cierto es que reponer la sangre que se perdió en un accidente o en una operación es tanto o más vital que reemplazar un órgano que no funciona bien, teniendo en cuenta la inmediatez del riesgo. Como transporta nutrientes y oxígeno a todo el cuerpo, el organismo no puede funcionar sin ella.

 

Un problema que existe en Argentina y en el resto del mundo es la carencia de donación de sangre de repetición (por oposición a donación por reposición). En otras palabras, la sangre donada por personas en forma espontánea no alcanza para realizar las transfusiones necesarias. Por ello es que prácticamente todos, en algún momento de sus vidas, han recibido o recibirán un pedido de donantes para un familiar o un amigo.

 

Algunos quizás se pregunten por qué esto es un inconveniente si, en definitiva, la sangre transfundida es repuesta a través de los donantes que convoca el propio paciente. Pues bien, para que pueda efectuarse la transfusión de manera segura para el receptor, es necesario analizar la sangre a fin de detectar posibles enfermedades de transmisión sanguínea, como el sida, la hepatitis y la sífilis.

 

A estas medidas de seguridad se agrega el cuestionario que se hace al donante en forma previa con el objeto de descartar factores de riesgo. Es posible que no se detecte la enfermedad (si la hay) cuando el contagio se ha producido hace poco tiempo. Por ello, no se permite que las personas de riesgo (personas que se han tatuado hace menos de un año, personas con varias parejas sexuales ocasionales y personas que previamente han recibido transfusiones) donen sangre.

 

Aun con todas estas pautas de control, existe la posibilidad de que la sangre transfundida esté contaminada, no por una falla en el análisis en sí, sino por el denominado “período de ventana”. Se trata del intervalo en que un agente infeccioso todavía no es detectable a través de los análisis.

 

Pero si una persona espontánea y voluntariamente se presenta en una clínica u hospital para donar sangre, por lo menos, dos veces al año, hay más probabilidades de que su sangre pueda utilizarse para las transfusiones. ¿Por qué? Porque tal persona no ocultará información sobre un factor de riesgo para ofrecer su sangre (como podría ocurrir cuando es necesario cubrir un determinado volumen para un familiar enfermo) y porque su sangre habrá sido analizada con frecuencia en otras oportunidades (y si hubiera habido algún problema en estas ocasiones previas, la persona ya estaría al tanto y no seguiría donando).

 

Para lograr tal nivel de seguridad en las transfusiones, la donación de sangre nunca debe ser remunerada ni compensada en modo alguno. De lo contrario, se estaría fomentando una donación indiscriminada y potencialmente nociva para las personas transfundidas.

 

Parece ser que la donación altruista de sangre es una especie en peligro de extinción. Pocos son los que tienen el hábito de hacerlo una o dos veces al año, sin un motivo específico, sino simplemente para que esté a disposición de quienes la necesiten.

 

La mayoría de las personas a las que se pide no dudan en donar su sangre cuando un conocido está internado en el hospital, pero es una reducidísima minoría la que lo hace motu proprio, sin otro objetivo que hacer bien a un prójimo anónimo. Concientizarse sobre esta necesidad y actuar en consecuencia redundará en una salud mejor para todos.

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