COVID-19
Coronavirus

Bioética solidaria: inmunizando la desiguladad



La irrupción de la pandemia por coronavirus Covid-19 ha desnudado con toda crudeza las inequidades y desigualades que azotan a la humanidad y esta calamidad social se ha evidenciado de modo dramático en Latinoamerica, la región más desigual del planeta.

En el caso particular de Argentina, ya en los finales de 2019 la indigencia por ingresos fue más elevada en hogares cuya principal fuente de ingresos era producida por trabajadores informales y marginales. En la pandemia, esas circunstancias se agravarán ya que afectará con mas fuerza a los sectores de la economía informal, es decir aquellos que solo encontraban posiblidad de supervivencia en la realización de changas, venta ambulante, servicios personales y domésticos.,

Las medidas sanitarias de contención se vinculan con el aislamiento social, preventivo y obligatorio, junto a la necesidad del lavado frecuente de manos, a base de alcohol o agua con jabón, de alimentos y superficies y el mantenimiento del distanciamiento social

La aplicación efectiva de las medidas sanitarias en barrios populares y en personas en situación de calle genera varios interrogantes: ¿Cómo quedarse en casa, cuando no se tiene una casa, o conviven diez personas en espacios de 5 m2?, ¿Cómo lavarse las manos, cuando no hay agua potable y el alcohol es una quimera?

La Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la OMS encontró pruebas que demuestran que los pobres están en peor situación, y que existe sobrada evidencia entre la desigualdad social y el aumento de comorbilidad asociado a la pobreza, incluso en países desarrollados. Esto, claramente, fue advertido hace más de medio siglo, por Ramón Carrillo: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”

En estos tiempos es oportuno recordar la plena vigencia del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales cuando asegura el “…Derecho de todos al más alto nivel de salud física y mental que puede ser alcanzado”.

En el estremecedor escenario que plantea la pandemia en los barrios populares y personas en situación de calle, también es necesario recordar el contenido y  alcance del Derecho a la Salud que realizó el Comité DESC: “El derecho a la salud es un derecho inclusivo que no sólo abarca la atención de salud oportuna y apropiada sino también los principales factores determinantes de la salud, como el acceso al agua limpia potable y a condiciones sanitarias adecuadas, el suministro adecuado de alimentos sanos, una nutrición adecuada, una vivienda adecuada, condiciones sanas en el trabajo y el medio ambiente…”

En el sistema universal de DDHHJ, Argentina ha asumido obligaciónes básicas, como el resto de estados, en particular, debería destacarse el compromisio asumido en garantizar el derecho de acceso a los centros, bienes y servicios de salud sobre una base no discriminatoria, en especial por lo que respecta a los grupos vulnerables o marginados;

Las obligaciones básicas en materia de DDHH obligan a una necesaria revalorización de los sistemas de salud pública y a aquellos principios fundantes de una salud colectiva inclusiva: la Dignidad personal, la Solidaridad y la Justicia. 

En situaciones catastróficas los derechos y libertades individuales pueden ser limitados para privilegiar el interés común, pero cualquier restricción encuentre su límite en el respeto por la dignidad personal, que consiste en otorgar un valor esencial e intrínseco a cada persona, en considerar a cada una como fin en sí misma y nunca como medio, en un ser singular, único e irrepetible.

La solidaridad es un principio esencial de salud pública, inmuniza a la desigualdad y a la discriminación social, sobre todo cuando el avance de la pandemia gana mayores víctimas entre los olvidados de siempre, en donde el virus no los torna más vulnerables, porque ya han sido vulnerados.

El verdadero valor de la solidaridad se expresa cuando quien recibe esa cooperación carece de todo poder, el deseo de ayuda desinteresada no surge de un cálculo utilitario, emerge del profundo deseo de ayudar al más débil, en donde la fragilidad es el terreno fértil para el cultivo de la solidaridad.

La solidaridad en tiempos de pandemia no es la mejor opción, es la única opción.

La ética de la cuarentena debería reposar en la solidaridad, en la necesidad del cuidado mutuo y colectivo. El confinamiento es impuesto por la autoridad estatal, pero su adherencia social y sostenimiento temporal depende más de la convicción, que de la coacción.

La justicia es una herramienta útil para la salud colectiva que permite posibilidades prácticas de uso, entendida como utilidad social, en donde se persigue una distribución equitativa de cargas, riesgos y beneficios.

La justicia se asocia además a la confianza pública, requisito esencial para la vida misma, tanto individual como colectiva. Para su consolidación las decisiones de salud pública deben ser trasparentes y públicas, garantizando un trato igualitario a toda la comunidad, en donde cualquier asignación de recursos que privilegie sectores desfavorecidos se sostenga en motivos razonables, objetivos, persiguiendo en todos los casos un propósito legítimo.

La pandemia por Covid-19 es una tragedia, pero también una oportunidad. Como enseñaba Albert Camus, en el mundo siempre hubo guerras y pestes, pero siempre nos toman desprevenidos. Es de esperar que esta pandemia de una vez por todas nos enseñe que precisamos una salud pública robusta, universal, solidaria, justa y equitativa, y por sobre todas las cosas convencernos que nadie se salva solo.

 

*El doctor Ignacio Maglio es abogado y diplomado en Salud Pública.

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