Programación nutricional antes de nacer

Estudios científicos demuestran cómo impacta la alimentación de las embarazadas en la salud futura de los hijos. Así, para mejorar la calidad de vida de las próximas generaciones, resulta crucial que ellas mantengan una nutrición balanceada y un peso adecuado.

Comer sano y nutritivo es importante para cuidar la salud a lo largo de toda la vida y, en especial, durante el embarazo. En este período, una buena alimentación mantiene saludable a la mujer y asegura el crecimiento y desarrollo normal del bebé. También ayuda a formar las reservas para la lactancia. Pero además, los alimentos que consume una madre durante la gestación pueden influir en la salud de su hijo décadas después.

Los científicos llevan algún tiempo estudiando las condiciones nutricionales durante el embarazo, la alimentación del bebé en la infancia y cómo influyen en la salud futura de la persona. Una de las primeras observaciones sobre los efectos de la desnutrición materna fue en sobrevivientes de la hambruna en Holanda entre 1944 y 1945, donde se vio que las embarazadas que sufrieron hambre tuvieron hijos que fueron obesos en la edad adulta. Posteriormente, estudios poblacionales demostraron que las deficiencias nutricionales en el útero predisponen a los hijos ya adultos a padecer síndrome metabólico, incluyendo diabetes de tipo 2, obesidad, hipertensión y patologías cardiovasculares.

Uno de los pioneros en estudiar el origen fetal de las enfermedades del adulto fue el doctor David Barker. Hace más de 20 años, él y su equipo de investigadores de la Universidad de Southampton determinaron que el peso al nacer se asociaba en forma inversa con la mortalidad por enfermedad coronaria y otras patologías crónicas. Basaron su teoría en la observación de que las poblaciones de Inglaterra y Gales con mayor mortalidad por afecciones cardiovasculares entre 1968 y 1978, habían nacido en áreas geográficas pobres, con elevada mortalidad materna y neonatal durante el período 1911 a 1925. Es decir, las muertes tenían más relación con el lugar de nacimiento que con el área de residencia en la adultez.

Estos estudios iniciales fueron la base de la teoría del impacto de las condiciones de vida intrauterina sobre la aparición de enfermedades en la vida adulta. Conocida como hipótesis de Barker, postula que la dolencia cardiovascular, la hiperlipemia y la diabetes no insulinodependiente se originarían como mecanismo de adaptación del feto ante la desnutrición. El proceso se conoce como «la programación fetal de la enfermedad adulta».

De este modo, los constituyentes de la dieta de la madre y el bebé se consideran como “programadores positivos y negativos” que influyen en la salud futura de una manera favorable o desfavorable.

Así, por ejemplo, el ácido fólico en la dieta materna se asocia al desarrollo y a la maduración cerebral del feto y del niño. Un estudio prospectivo publicado en la revista científica Journal of Child Psychology and Psychiatry evaluó las concentraciones de éste en los glóbulos rojos de mujeres embarazadas de 14 semanas y lo comparó con el crecimiento del recién nacido y la evaluación psicológica del niño. Los resultados mostraron que bajos niveles de folato en la madre se asociaron con menor crecimiento del cráneo del bebé al nacer, así como problemas de conducta posteriores (cuando se evaluaron los niños a los 8 años), tales como hiperactividad y déficit de atención. La carencia de ácido fólico en el embarazo también se relaciona con malformaciones graves del sistema nervioso como espina bífida. 

Además, investigaciones recientes comenzaron a desentrañar los complejos mecanismos moleculares involucrados en la programación nutricional. Éstos demostraron que la dieta de la madre afecta a los genes del feto induciendo cambios epigenéticos que alteran la función del ADN sin afectar su secuencia. Estos hallazgos refuerzan la importancia de cuidar a las mujeres en edad reproductiva asegurando que puedan tener acceso a una nutrición balanceada, así como a educación y atención médica, para mejorar la salud de las futuras generaciones. 

Por un impacto favorable

Una alimentación saludable durante el embarazo implica incorporar variedad de alimentos, principalmente cereales, frutas, verduras, legumbres, nueces, carne, pescado, huevo y lácteos descremados de leche pasteurizada. Se recomienda no comer comidas con alto contenido de grasas y azúcar (cremas, tortas, postres) y evitar el alcohol.

También es importante prestar atención a la preparación de las comidas: las carnes deben estar bien cocidas sin partes rojas, las frutas y verduras bien lavadas para eliminar la tierra. Otros cuidados incluyen lavarse las manos antes de cocinar y después de tocar carne cruda, así como higienizar bien los utensilios después de usarlos con carne cruda. Para evitar la contaminación cruzada de gérmenes, es importante guardar por separado los alimentos crudos de los ya elaborados.   

La nutrición durante la infancia también determina cómo será la salud de la persona en su vida adulta. La lactancia es ideal para el bebé por muchas razones tanto fisiológicas como psicológicas: los niños que se alimentan con leche materna tienen menos probabilidades de convertirse en adultos obesos, y los resultados más favorables se obtienen con períodos de lactancia de 5 a 7 meses. Por esta razón la Organización Mundial de la Salud recomienda que la lactancia sea la única fuente de alimentación durante los primeros 6 meses de vida del bebé.

Aunque todavía quedan muchos puntos por esclarecer, hoy sabemos que mantener una dieta equilibrada y un peso saludable durante el embarazo sirve para programar muchos aspectos relacionados con la buena salud en la infancia y en la vida adulta.

Fuentes: Consejo Europeo de Información sobre la Alimentación (EUFIC), National Health Service (NHS), Sociedad Argentina Pediatría. 

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